
Observen atentamente esta imagen. Parece el típico panoli posando en una cueva, pero para nada. Bueno, sí, un poco panoli sí se le ve al sujeto; y además está posando en una cueva. Pero lo que queremos decir es que esta foto es especial. Es la foto que marcó el inicio de una escalofriante epopeya subterránea que duró varios días en la mente de sus dos protagonistas. Vamos a ver lo que pasó.
Era sábado y servidor había decidido ir a pasar el fin de semana a la varias veces milenaria Toledo para tratar de esclarecer uno de los grandes enigmas de la historia patria. En Toledo los misterios se mezclan unos con otros, como en un insondable puré: la Escuela de Nigromancia, la Cueva de Hércules, el Palacio Encantado, la Mesa de Salomón...
Empecemos por el principio.
Era sábado y servidor había decidido ir a pasar el fin de semana a la varias veces milenaria Toledo para tratar de esclarecer uno de los grandes enigmas de la historia patria. En Toledo los misterios se mezclan unos con otros, como en un insondable puré: la Escuela de Nigromancia, la Cueva de Hércules, el Palacio Encantado, la Mesa de Salomón...
Empecemos por el principio.
Se dice que hace muchos años, durante el reinado de Tubal, el héroe Hércules llegó a Toledo y, con sus propias manos, excavó una enorme cueva en la que enseñó las artes de la magia y la adivinación: la famosa Escuela de Nigromancia de Toledo que es mencionada en algunas crónicas y no pocas leyendas. Pero si hablamos de leyendas, la más conocida es la que relaciona esta cueva con un misterio fabuloso y con una profecía que se cumplió.
El palacio de los cerrojos
La leyenda dice que sobre esta cueva, Hércules edificó un palacio maravilloso que pasó a llamarse el Palacio Encantado de Toledo. En la cueva subyacente escondió un gran secreto y pidió que todos los reyes que le sucedieran debían abstenerse de entrar. En efecto, los monarcas que vinieron después tomaron por costumbre colocar cada uno de ellos un nuevo cerrojo en la puerta para que nadie entrara nunca, ya que se suponía que lo que había allí dentro era sagrado y no se podía violar. Cuando habían pasado veinticuatro reyes, y por tanto la puerta tenía veinticuatro cerrojos, el rey don Rodrigo decidió abrir la puerta, a ver qué había. ¿Curiosidad? ¿Necesidades económicas? Sus consejeros se negaron horrorizados:
-No, señor, no lo haga, por Dios.
-¿Qué no? Ya veréis, ya.
Y así, el desobediente rey hizo saltar los veinticuatro cerrojos sin despeinarse una ceja. Al entrar en el palacio, lo primero que halló fue una advertencia que decía: “No te acerques si temes la muerte”. Pero don Rodrigo siguió adelante y en su periplo subterráneo pasó por varias cavernas. Dicen las crónicas que una de ellas era blanca como la nieve; otra negra como la pez; otra verde como la esmeralda y la cuarta roja como la sangre. En una de ellas se encontró un arca de madera y en su interior una tela blanca que tenía pintados hombres con arcos, flechas, lanzas y pendones, montados sobre caballos y todos vestidos a la usanza árabe. Tenía también una inscripción que decía: “Cuando este paño fuere extendido y aparecieran esas figuras, hombres que andarán así vestidos conquistarán España y se harán de ella señores”..
El rey quedó impresionado por esto, salió de la torre y les pidió a sus acompañantes que no contaran nada de lo que allí habían visto, no fuera a ser verdad lo de aquellos misteriosos enemigos árabes y el pueblo le hiciera cargar a él con las culpas.
Para acabar de fastidiar la situación, al salir del palacio, un águila gigante bajó del cielo con un tizón encendido, lo dejó caer y la torre, la cueva y el palacio se hundieron como un castillo de naipes. Oscuro presagio de lo que estaba por venir.
Y es que, efectivamente, en el año 711 se cumplió la profecía de la tela blanca y Toledo fue tomada por los musulmanes.
¿Dónde estaba el Palacio Encantado de Toledo?
Probablemente en ninguna parte, pues de haber existido los cronistas serios habrían dejado constancia de la lujosa apariencia que la leyenda le confiere. Sin embargo hay investigadores (de poco crédito, también es verdad) que sitúan el palacio en el cerro del Bú, donde se han encontrado los primeros restos de cultura material de la zona así como los cimientos de varias construcciones. ¿Pudo alguna de ellas ser la torre del famoso palacio?
Nuevas exploraciones
Hasta aquí la leyenda. Pero hay documentos posteriores que nos hablan de la Cueva de Hércules. En 1546, el cardenal Martínez de Siliceo, ordenó una expedición a los subterráneos de ese lugar que tantas leyendas había generado. Según narra un casi contemporáneo de dicha expedición, los exploradores salieron de allí pálidos y muy impresionados por lo que habían visto. Se habla de corrientes de agua subterráneas, estatuas gigantes que se movían solas, visiones fantasmagóricas... Tras esto, la cueva fue cegada para que nadie más pudiera volver a entrar.
Ha habido nuevos intentos de exploración, pero lo único que se ha encontrado ha sido una cámara con bóvedas y una entrada con arco de medio punto que, según los expertos, puede ser de fabricación romana o visigoda; tal vez los restos de una cisterna de abastecimiento de agua, o un templo subterráneo pagano o cristiano. En el callejón de San Ginés puede verse el exterior del inmueble donde se sitúa la cueva y varios sillares con decoración de época visigoda.
Sin embargo hay otras cuevas...
Atrapados sin salida
Volvamos a la foto del tipo con cara de panoli. Fue tomada en otro de esos misteriosos subterráneos: la Cueva de San Miguel, sita en el patio de una vivienda particular. El autor de este reportaje y su sufrida acompañante contrataron los servicios de una empresa que organiza visitas guiadas por la ciudad. La última parada era esta cueva.
Volvamos a la foto del tipo con cara de panoli. Fue tomada en otro de esos misteriosos subterráneos: la Cueva de San Miguel, sita en el patio de una vivienda particular. El autor de este reportaje y su sufrida acompañante contrataron los servicios de una empresa que organiza visitas guiadas por la ciudad. La última parada era esta cueva.
Datada en 3500 años (algo incomprensible dadas sus enormes dimensiones y la escasa mano de obra que se supone había en Toledo por aquellas fechas) la cueva ha servido como bodega, almacén y lugar de juergas etílicas para respetados profesores universitarios.

Según nos contó nuestro guía Javier (a quien nunca olvidaremos), en la cueva habían sido medidos unos niveles de energía fuera de lo normal. Y como hemos dicho, era probable que esta cueva estuviera comunicada con otras (tal vez aquella en la que se internó don Rodrigo) y todas ellas formaran parte de esa Escuela de Nigromancia. Un lugar muy estimulante, como se ve.
El guía dejó suelto al grupo invitándole a que recorriera la cueva a sus anchas, explicando su recorrido y advirtiendo de que, en caso de apagón, no nos preocupáramos ya que él llevaba una linterna. Olvidó advertir que la linterna sería completamente inútil en el caso de que alguien se quedara encerrado en la cueva y él ya estuviera fuera. Y eso es precisamente lo que nos ocurrió a nosotros.
Nos habíamos demorado en la zona más profunda de la cueva para hacer una foto cuando se apagó la luz. No nos pusimos nerviosos, claro, porque el guía nos había dicho que aquello podía ocurrir. Sin embargo, al prolongarse la situación empezamos a sospechar que tal vez el grupo nos había abandonado allí abajo, solos y a oscuras, en una cueva milenaria cargada de historias sobre energías telúricas, talismanes prohibidos y muertos errantes. Mal rollo, como podrán imaginar.
Habíamos apagado los móviles, y en cualquier caso allí abajo eran inútiles. Además el guía nos había explicado que, por alguna extraña razón, muchos móviles se desconfiguraban al entrar en la cueva. Por tanto estábamos totalmente incomunicados con el exterior. El miedo alimenta la confusión y ésta nubla la razón, así que en estas situaciones lo fundamental es mantener la calma en todo momento. Sólo con claridad mental conseguida a base de bromear, conversar e incluso tararear cancioncillas populares, se puede hallar la solución a una situación como ésa.
Evidentemente nosotros no estábamos para cancioncillas populares, así que nos dedicamos a pegar alaridos del tipo: “¡Ayuda, socorro, estamos en la cueva!”. Estos gritos no eran de histeria, como pueda parecer, sino que tenían una finalidad práctica ( a saber: que el guía volviera sobre sus pasos y nos sacara de allí de una maldita vez). Eso no ocurrió, pero gracias a nuestra relativa calma (y a la luz del visor de nuestra cámara), a base de tantear las paredes con las manos y tras topar varias veces con pasadizos sin salida, dimos al fin con las escaleras que conducían a la superficie.
Tras varios gritos infructuosos (esa noche se jugaba el Madrid-Barça y España era un clamor), la propietaria de la vivienda que contiene la cueva salió a abrirnos con un susto en el cuerpo mayor que el nuestro. Debo decir que de no haber llevado con nosotros una cámara de fotos para iluminar el camino, probablemente seguiríamos vagando por aquellos pasadizos escalofriantes.
Conclusión personal
Como historiador del arte, novelista y apasionado de los misterios y las cuevas de Toledo, debo reconocer que para mí fue toda una experiencia permanecer aislado y a oscuras en uno de los lugares en los que la tradición sitúa tesoros como la Mesa de Salomón (de la que ya hablaremos en otro artículo) Mi compañera, en cambio, mucho más pragmática, sólo pensaba en salir de allí para bombardear a huevazos la fachada del local de la empresa de rutas y ponerles una denuncia por negligencia, descuido y abandono en subterrános inhóspitos. Tras encontrar la salida y salir a la superficie, logré persuadirla de que abandonara la idea (cosa ésta que me costó lo mío, ya que ella sigue convencida de que nuestras almas estuvieron a punto de unirse a la de los secuaces de don Rodrigo, del cardenal Siliceo y tantos otros insensatos exploradores que allí perecieron).
No dejo de pensar que quizás tenga razón.


1 comentarios:
Hace unos días hice esa misma ruta y lo pasé de miedo, nunca mejor dicho. La cueva es tan impresionante como misteriosa.
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